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sábado, 7 de junio de 2008

miercoles, jueves, viernes

Bueno, supongo que mi memoria me jugó una mala pasada y que no recordé que el martes ya había posteado algo. Bueno, junto acá el miércoles y el jueves porque en esos dos días tuve a la profesoreta esa de la que ya he hablado largo y tendido, que aprovechó para mandarnos otra lavada de cerebro a quemarropa. Nos dijo que teníamos que estudiar más, que leemos poco, que así no vamos a andar...! Pero que se creerá esa vieja soreta? Yo vivo en el campo, tengo trabajo bastante tiempo, no puedo leer todo el tiempo que quisiera, y ese es el caso más leve que hay. Va gente que tiene trabajo, van mujeres que tienen una casa para cuidar ( a propósito, el viernes una llevó a la hija, que se quedó dormida toda la claseeee. Desde que tengo un sobrino me encantan los chiquitos -y antes también, jajaja- y esa era una pibita re dulce), no gente que ha estado al pedo como ella cuando tuvo que estudiar, como ella misma ha dicho, que cuando estudiaba, estudiaba mucho, pero solo porque estaba para eso, para estudiar. Por la lavada de cerebro del jueves, una de mis compañeras se sintió bajoneada y no fue el día siguiente. Hay que tener ganas de joderle la vida a la gente, ehhh. En cambio, el profe es otra cosa distinta, no nos apura para nada, y nos dice que vayamos a nuestro ritmo. ¡Coño! No voy a lograrlo, seguramente, pero me gustaría ser una mezcla de este profe y el de matemáticas que tuve el año pasado en la universidad, el de ahora, por lo amigable que es, y el del año pasado, porque logró el milagro de que me fuera bien en matemáticas, y que me interesara estudiarla, cheee! Eso no es poca cosa. Bueno, gente, después vuelvo y les cuento lo que pasó la noche del viernes, que me dejó pensando, y hoy, donde me sentí un asesino profesional.

Domingo.

Hola, como andan, disculpen, tenía pensado escribir más después de lo anterior, pero tuve que reiniciar la maquina y después me fui por otro lado. El sábado me fui a dormir, contento con lo poco que había tenido, y el día siguiente me levanté desanimado, porque de vuelta otro domingo con asado. Hace tanto que no comemos fideos… El día anterior, los chanchos habían armado un estropicio en los chiqueros. Escarbando, habían roto una cañería que llevaba agua de un tanque de al lado de la casa para un bebedero de un cuadro. Cerramos la llave de paso del tanque, y el domingo a la mañana nos pusimos con mi padre para taponar el caño. No solo era que no se podía llevar agua para el cuadro, sino que también se habían tapado las canillas por donde damos en los chiqueros. Nunca había deseado tanto ver a los chanchos soportar las torturas que solo mi negra mente es capaz de imaginar. Tapamos el caño como pudimos, y cuando llegó mi hermana con su familia, fuimos a ayudarles a hacer el asado. Bah, yo fui a hacer huevo, jaja, porque entre mi cuñado y mi papá se arreglan bastante bien sin mi ayuda. Pude comprobar que el humor de mi cuñado había mejorado respecto del domingo pasado, porque ya de entrada empezó a tirarme con chistes de todo calibre, como si quisiera compensar su enojo anterior, entonces le respondí con munición más gruesa, bah, como siempre. Había puesto tres cervezas en el congelador, pero gracias a Dios solo tomamos una. Mi sobrino, bien, gracias, malcriado como siempre, ¡pero como lo quiero, me encanta jugar con él! Comieron, se fueron, mi papá se fue a dormir la siesta, y me puse a hacer los trabajos solo, practicando los juegos que ya he descrito en anteriores posteos. Claro que llegó mi papá y se acabó la diversión, porque nos tuvimos que ir a fijar si el caño perdía, y si se había destapado alguna canilla. Sí, una se había destapado, pero capaz que un gato meando echaba más líquido. Para resumir a lo pavo caliente, a la noche hicieron pizza (por apurado me quemé el paladar) y tomamos una de las dos cervezas que habían quedado. Me acosté, pensando en el repaso que íbamos a tener mañana para el parcial que teníamos el martes.