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viernes, 30 de enero de 2009

Todo lechón que camina y engorda va derecho al muere.


Sí, va derecho al muere si alguien lo encarga, porque en todo enero hemos podido vender nada más que tres lechones. Hay muchos que están engordando a paso firme, y que en quince días van a estar espectaculares. Como hemos visto que últimamente dan más trabajo de lo que producen, se los vamos a vender vivos a los de un frigorífico. Nos van a pagar algún peso menos por kilo, pero tenerlos acá engordando y que nadie los compre, y que encima los afanen como pasó la última vez... Qué le vamos a hacer. Saludos, gente, nos veremos.
PD: Aclaro que los lechones de la foto ya fueron boleta hace rato, y que hay algunos trucados, je.

Cosquin.

Hoy es el día del cantor,
va a comenzar
la cosecha.
Una cosecha de cantos,
que en nueve noches
se entrega...

La verdad, yo no miro el Festival Anual de Cosquín a menos de que haya algo que me interese mucho, pero lo que si trato de no perderme es la presentación, que sabe estar muy buena. Bah, que digo. La de Cosquín 2007 fue la que más buena estuvo para mí, con una mina que se la pasaba dele hacer movimientos en un trapecio, bailarines disfrazados de peces, etc. La de este año no estuvo tan buena pero tuvo lo suyo. Un montón de tipos con camisetas celestes y blancas y pelucas coloradas bailando música electrónica o algo por el estilo, que después no sé como se acomodaron y cantaron el Himno. Esa parte me gustó, porque de lejos uno los veía y decía “que mamarrachos que son, mirá que van a estar vestidos así”, pero cuando la cámara les hacía primeros planos, que sé yo, con la cara pintada de dorado y el pelo así, estilo contra el viento, parecían símbolos patrios.

jueves, 22 de enero de 2009

Domingo de gitanos.

El domingo, tuvimos una visita desagradable; gitanos, que nos había mandado un primo nuestro que nos odia. Averiguaron los precios de todo, y ponían unas caras de susto al saberlos, como si fueran tan altos. Querían que mamá les haga precio por los huevos, por dos gallinas, pero al final, solo se llevaron un lechón vivo. Después vi a mamá que se había puesto a llorar de nervios, porque le había caído muy mal la forma de portarse demasiado confianzuda de los gitanos. Menos mal que solo era un matrimonio; vinieron con varios muchachitos (entre los cuales había uno rubio bastante lindo), pero todos se quedaron en la camioneta donde habían venido, no se desparramaron por todos lados, como saben hacer. La verdad que a mí también me cayó mal eso, sobre todo, la forma de ser y de hablar del tipo. Su visita habrá durado quince minutos, y hasta ahora no han vuelto más, por suerte. Es que me aterran, con la fama que tienen. En cierto punto la mujer me dijo “pero nosotros somos buena gente, somos evangelistas”, mostrándome a las apuradas un libro abierto. ¿Y que hay con que lo sean? No por eso van a ser buenos, hay evangelistas buenos y evangelistas malos, como en todo. Y aparte, el detalle del que me di cuenta después. Si no es así, le pega en el palo, pero el libro que me mostró la tipa (bien con esas polleras sueltas y colorinches de las gitanas) no era la Biblia; las paginas eran las de un diccionario.

Magia.


Yo creía en ti, mago milagroso,
hasta que vi tu poder,
tus palomas salidas de la nada,
tus sillas inútilmente flotantes,
en la ciudad que llora sus penas.

El Profe.


13:55 del martes 20 de enero. Recién me llamó el Profe. Me sorprendió y me alegró el día. Él tendrá tantos conocidos, y que me haya llamado para ver como estaba, no tiene precio. Es bueno saber que alguien con quien has compartido algo de tiempo te recuerde.

sábado, 17 de enero de 2009

Asado en domingo pesado


El domingo me levanté, no sé como porque el día estaba re pesado con el calor que hacía ya a la mañana. Me puse a hacer los trabajos, como siempre, y me traje leña del monte porque tenía pensado asar un pollo y unos chinchulines. Mi madre ya había matado el pollo el día anterior, y ya lo había salado, y todo. En eso, a Vir se le ocurrió que los iban a hacer a la olla. Yo no dije nada, porque a lo mejor no les gustaba el pollo asado, pero yo tenía verdaderas ganas de asarlo para ir teniendo experiencia, porque ya con casi 27 años tengo nada más que dos asados hechos, porque a los otros los hacían Pat o papá. Les dije que dejaran que lo hacía asado, y como insistí dos o tres veces Vir se enojó porque pensaba que yo lo hacía de compromiso o de sometido, como el tío Ra cuando su padre lo dominaba. Que me importa lo que dijo ella. Hice el asado, con todo el calor reinante, y me salió buenísimo (según dijeron, eh, jejejeje), y lo acompañé con una sidra. Una más y van...

sábado, 10 de enero de 2009

Odio ser fontanero.


Buenas, ¿como están? Yo bien, un tanto cansadito por el calor y las caminatas que tengo que hacer por día. Me llevé una gran sorpresa porque quedaban nomás cuatro sidras de las once que habían sobrado el domingo. Alguna había tomado, pero tantas no. Menos mal que mi madre me dijo que las había guardado en otro lugar para ver si duraban más. ¡Será mal pensada...! Otra más que piensa que soy borracho. Ya sé, hazte la fama y échate a dormir...
Se está poniendo difícil mantener ciento cincuenta y pico animales en cuarenta y tantas hectáreas. Menos mal que el viernes un carnicero se llevó siete de los novillos en mejor estado. Es algo chico, pero va a haber un poquito más de comida por animal. Ahora los estamos largando a comer a una calle cerrada que está atrás del campo, que por ahora los está dejando contentos, aunque haya que vigilar cada tanto que no se pasen a los cuadros vecinos o se salten el alambrado que corta la calle. No lo han hecho hasta ahora, pero conociéndolos... Sería contraproducente, pero me gustaría que cuando esté más crecidita la soja de Vellón alguna vaca se salte y se la coma, aunque sea una plantita, para ver que gusto tiene. ¡Otra que las retenciones, jejejeje....! Otra que piquete nos haría Vellón, que todavía le debemos como cinco mil pesos.
Con este asunto del calor, hay que estar a cuatro manos con el asunto del agua y los animales. En los días demasiado hirvientes los animales se saben amontonar en las bebidas y en esos amontonamientos rompen los flotadores y sacan las uniones, provocando que se vaya cualquier cantidad de agua. Peor es cuando tuercen la salida de agua, que el flotador queda arriba como si hubiese mucho líquido, y los bebederos se vacían, y las vacas empiezan con un balerío que rompe los tímpanos. Pero los laureles de las cagadas, ¿quiénes se los llevan? Por supuesto, los chanchos se llevaron los laureles. Se me había ocurrido hacer los trabajos temprano para ir al pueblo con tiempo y hacer algunas cositas. Entré las vacas de la calle, y ya me iba a cambiar, cuando vi que un bebedero que está en el medio de un cuadro donde van las vacas y que va pegado al chiquero estaba rebalsante de agua como nunca. Me fui a fijar, y el flotante estaba salido con la unión que lo junta con la salida de agua, y en el charco que se había formado para el lado del chiquero había como cuatro o cinco chanchos revolcándose. Grrrrrr! Y eso que tienen alguna lagunita por ahí. La cosa se repitió como dos o tres veces, y consideré ponerle alguna chapa al flotante así los animales no lo sacaban más, pero la fui a buscar y vi que era demasiado trabajo acomodarla para lo que podía llegar a durar, así que hoy, sábado, me levanté temprano y después de ordeñar la Niebla (la vaca de Pat) fui y abrí las canillas correspondientes para que se les formaran unas lagunas. Hoy tengo pensado irme temprano al pueblo. Espero que el invento que les hice los conforme.

sábado, 3 de enero de 2009

El porcino de hielo.


Estábamos en plena sacada de palos, y se apareció un auto azul cortito, no sé qué era, soy nulo para las marcas y los tipos de vehículos, con suerte sé diferenciar entre camionetas Ford y Chevrolet. Fui a atenderlo, y se bajó un tipo, López de apellido, que quería un lechón. Ya que grandes casi no había, le dije que había chicos, de entre siete y ocho kilos, entonces encargó uno para el día siguiente a la mañana. Bien, le tomé el pedido, y al día siguiente se lo hice. Cuando lo elegí, que sé yo, el lechón era negro y parecía tan saludable como los otros. Por lo general, los agarro de la pata y de acuerdo a como es la pata me doy una idea del cuerpo, es decir, si va a ser flacucho o no, y pensé cuando lo agarré “este va a estar fenómeno”. Recién cuando lo pelé vi que estaba muy flaco, costilludo, pero que le iba a hacer, ya era tarde para llamar al veterinario. Lo pesé, tratando de convencerme de que en realidad no estaba tan sumido como parecía, pero era idéntico al Hombre de Hielo que encontraron en los Alpes Italianos en el ’91, justo cuando nació cierta persona, jejeje, con la diferencia de que el Hombre de Hielo parecía obeso. Lo bueno es que dio justo (más o menos, bueno) el peso que el tipo quería, así que lo embolsé y me fui a hacer otras cosas a la espera del cliente. Al rato el tipo vino, pagó los cien pesos que eran, y se fue. Yo le comenté a mi madre que me parecía que el lechón no estaba en su mejor momento, y me dijo “entonces ese tipo no va a volver más”. Si, volvió. A devolver el lechón, que según él estaba muy feo, y que no iba a tener sabor por estar flaco. Que le vamos a hacer. Le devolví la plata y él me dio el lechón, que ahora reposa en el freezer, esperando que lo vendamos o que lo descongelemos para comérnoslo.

Entregando en Navidad.


Sí, ya sé que el título parece un tanto fuerte, pero fue lo que realmente pasó, y fue con todo el dolor posible, porque realmente yo no quería pero a la vez tenía que hacerlo. Hubo aparatos, palos enterrados, y hasta participación de familiares, a pesar de la fecha y de que algunos son bastante religiosos. Tuvimos que entregar el campo que alquilábamos, así que terminamos de enrollar los alambrados y sacamos los últimos palos que quedaban, y eso con la ayuda de algunos primos que vinieron de visita. ¿Qué creían, mal pensados? Ahora espero que Hernán y Vellón nos devuelvan los $800 tan cual lo prometieron. Aunque todavía nos falte sacar el bebedero, jejeje.
Sí, la verdad es que fue una Navidad poco común por el tipo de tarea que había que hacer, y la primera sin papá. Fue raro. Claro, como en las fiestas casi todos los días se pelan muchos lechones (cuando hay), y como hacemos los mismos trabajos de siempre sin tomarnos vacaciones ni feriados, la Navidad y todas esas celebraciones pasan como si fueran un día más, con la diferencia de que tomamos alguna sidra, alguna cerveza, comemos pan dulce y listo. Bah, y que el 1ro de todos los años vienen muchos parientes del lado de papá a comer asado. Es que yo pensaba que al ser la primera Navidad sin papá nos íbamos a poner pensativos, y eso, pero no pasó nada de eso. Lo único que lo demuestra es mamá, pero dice que ya se está acostumbrando a esta nueva vida. Qué cosa, ¿no? Uno siempre tiene la idea de que los padres van a llegar a viejitos, y que van a morirse dormiditos, o que nunca van a morirse, que es lo más común, y de un día para otro te quedas sin uno, ¿y qué podes hacer? Nada, y a jorobarse.

Asesinando lechones.


Buenasss... Como suele pasar en estas épocas, la semana desde Navidad hasta fin de año estuvo muy cargada de pedidos, y para recuperar la plata de los lechones que nos afanaron, decidimos recargar el precio de los lechones más chicos. Lo bueno de las fiestas es que a casi toda la gente se le van los escrúpulos que tiene todo el año a la hora de conseguir un lechón, así que pudimos ubicarlos sin mayores dificultades. Hasta vendí uno vivo que para mí daba siete kilos limpios, pero el tipo dijo “sí, este da ocho bien”, y que le voy a hacer, el cliente siempre tiene la razón, jejeje. El lunes a las seis de la tarde se me aparecieron tres simpáticos treintañeros (alguno sería de 25, capaz) en una camioneta azul doble cabina, y no sé de donde me conocerían, porque “marcusito de acá, marcusito de allá”, y me encargaron un lechón para dentro de una hora, que lo iban a ir a buscar. Cómo siempre, mi ojo clínico empezó a jugarme malas pasadas. No me hago el bueno, pero la mayoría de las veces puedo saber cuanto va a dar un lechón con solo mirarlo. Nunca le discuto nada, pero esa vez miraba todos los lechones gorditos y me parecían chicos. Al final agarré el que me pareció más cercano al peso que querían, y lo pelé con todos los nervios porque yo le daba seis o siete, y menos mal que dio el peso justo. Llegaron los tipos y se lo entregué (al lechón, je) y muy cordialmente le di la mano a cada uno, jeje. Uno se arregla con lo que encuentra.
Claro que también hubo de esos incidentes feos. Un tipo de una radio de acá (justamente uno que dijo “como se va a acabar el agua en el mundo si acá en la laguna de Cuero de Zorro, uno va, y ve todo el agua que hay”) había encargado dos lechones, uno para el 23 y el otro para el 30. Bueno, le llevamos el del 23, y el 30 le llevamos el otro. Ahí empezó a quejarse de que había tenido que tirar el 80% del lechón anterior porque era pura grasa, y le preguntó a Pat “¿le das de comer girasol para que junten tanta grasa?” y Pat le respondió, un tanto mosqueada “no, balanceado y maíz mojado” y el tipo le dijo “yo conozco de esto, no me cuentees” y ahí Pat se enojó y le dijo “ Yo no lo cuenteo. ¿Lo precisa o no lo precisa? Porque me lo da y listo, que lo puedo vender en cualquier lado, tenemos muchísimos más clientes”, y ahí el tipo se calmó de una manera increíble... Creo que no se había dado cuenta de que no vivimos de lo que él nos compra. ¿Por qué si el primer lechón le salió tan mal, no llamó para anular el segundo? Yo tengo la teoría de que ningún otro le quiere vender. Es un tipo re hinchapelotas, de los que se creen que porque te vienen a comprar una vez por año tienen el mismo derecho a exigir que los que te compran todo el tiempo. Tan hinchabolas será, que lo encargó 15 días antes, y hasta había elegido la lechona (eso, lechón no, lechona) que había que hacerle. En dos semanas un lechón puede variar mucho de peso. Había venido con un alcahuete que también encargó un lechón, y el alcahuete tan pesado como él, porque llamó como tropecientas veces para recordarnos que había que pelarle el lechón a tal hora... como si uno fuera estúpido o no se dedicara al asunto para el que lo han contratado.Y el 31 me di un gusto tremendo. Ya me parecía raro que todavía no hubieran venido. ¿Quienes podían ser? Los mílicos mangueando lechones. Los atendí yo y les dije que no había. Se fueron con las manos vacías, luego de que les dije que nos habían robado 17. Eso sí, me quedé con las ganas de darles una disertación sobre las posibles relaciones entre ellos y los chorros.