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sábado, 3 de enero de 2009

Asesinando lechones.


Buenasss... Como suele pasar en estas épocas, la semana desde Navidad hasta fin de año estuvo muy cargada de pedidos, y para recuperar la plata de los lechones que nos afanaron, decidimos recargar el precio de los lechones más chicos. Lo bueno de las fiestas es que a casi toda la gente se le van los escrúpulos que tiene todo el año a la hora de conseguir un lechón, así que pudimos ubicarlos sin mayores dificultades. Hasta vendí uno vivo que para mí daba siete kilos limpios, pero el tipo dijo “sí, este da ocho bien”, y que le voy a hacer, el cliente siempre tiene la razón, jejeje. El lunes a las seis de la tarde se me aparecieron tres simpáticos treintañeros (alguno sería de 25, capaz) en una camioneta azul doble cabina, y no sé de donde me conocerían, porque “marcusito de acá, marcusito de allá”, y me encargaron un lechón para dentro de una hora, que lo iban a ir a buscar. Cómo siempre, mi ojo clínico empezó a jugarme malas pasadas. No me hago el bueno, pero la mayoría de las veces puedo saber cuanto va a dar un lechón con solo mirarlo. Nunca le discuto nada, pero esa vez miraba todos los lechones gorditos y me parecían chicos. Al final agarré el que me pareció más cercano al peso que querían, y lo pelé con todos los nervios porque yo le daba seis o siete, y menos mal que dio el peso justo. Llegaron los tipos y se lo entregué (al lechón, je) y muy cordialmente le di la mano a cada uno, jeje. Uno se arregla con lo que encuentra.
Claro que también hubo de esos incidentes feos. Un tipo de una radio de acá (justamente uno que dijo “como se va a acabar el agua en el mundo si acá en la laguna de Cuero de Zorro, uno va, y ve todo el agua que hay”) había encargado dos lechones, uno para el 23 y el otro para el 30. Bueno, le llevamos el del 23, y el 30 le llevamos el otro. Ahí empezó a quejarse de que había tenido que tirar el 80% del lechón anterior porque era pura grasa, y le preguntó a Pat “¿le das de comer girasol para que junten tanta grasa?” y Pat le respondió, un tanto mosqueada “no, balanceado y maíz mojado” y el tipo le dijo “yo conozco de esto, no me cuentees” y ahí Pat se enojó y le dijo “ Yo no lo cuenteo. ¿Lo precisa o no lo precisa? Porque me lo da y listo, que lo puedo vender en cualquier lado, tenemos muchísimos más clientes”, y ahí el tipo se calmó de una manera increíble... Creo que no se había dado cuenta de que no vivimos de lo que él nos compra. ¿Por qué si el primer lechón le salió tan mal, no llamó para anular el segundo? Yo tengo la teoría de que ningún otro le quiere vender. Es un tipo re hinchapelotas, de los que se creen que porque te vienen a comprar una vez por año tienen el mismo derecho a exigir que los que te compran todo el tiempo. Tan hinchabolas será, que lo encargó 15 días antes, y hasta había elegido la lechona (eso, lechón no, lechona) que había que hacerle. En dos semanas un lechón puede variar mucho de peso. Había venido con un alcahuete que también encargó un lechón, y el alcahuete tan pesado como él, porque llamó como tropecientas veces para recordarnos que había que pelarle el lechón a tal hora... como si uno fuera estúpido o no se dedicara al asunto para el que lo han contratado.Y el 31 me di un gusto tremendo. Ya me parecía raro que todavía no hubieran venido. ¿Quienes podían ser? Los mílicos mangueando lechones. Los atendí yo y les dije que no había. Se fueron con las manos vacías, luego de que les dije que nos habían robado 17. Eso sí, me quedé con las ganas de darles una disertación sobre las posibles relaciones entre ellos y los chorros.

1 comentario:

Luckitas dijo...

Cuanta guita habras hecho este fin de año con los lechones eh? A ver cuanto te 'jugas' y invitas a tus amigos virtuales...!!! (pablore y yo)... jaaaaaaaa... chau!