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sábado, 4 de abril de 2009

Campesineando.


Anteayer estuvimos con Pat poniendo unos boyeros para darle de comer a las vacas de a poco. No tienen nada de comida, y no quiere llover, la puta que lo parió. Las teníamos en el cuadro donde tenemos a las chanchas secas (o sea, sin cría y que están ahí para que el chancho padrillo les haga el ukelele), y en poquitos días habían podado todo el pasto existente. Las encerramos a todas en el corral donde antes hacíamos el tambo, y mientras mamá cuidaba al Turquito (que está aprendiendo las primeras mañas para sacarle canas verdes a Pat) pusimos el alambre con eléctrico en los primeros 37 metros del cuadro. Después fuimos al corral y anduvimos haciendo unos apartes. Destetamos los terneros más grandes (yo ya los había detestado, ¡cuac!), y separamos las vacas gordas de las flacas, echándolas a las dos para lados distintos, aunque nos olvidamos de echar el toro con las vacas flacas para que les diera alguna alegría. Los terneros que apartamos los dejamos en otro corral, y al ratito se pusieron a balar como muertos de hambre, aunque en realidad extrañaban a las vacas. Habíamos echado a las vacas flacas para la melga (el espacio de palo a palo, de distinto largo depende de para lo que sea) que delimitaba el boyero, y aunque varias no emitieron ninguna opinión y se pusieron a comer, otras empezaron a llamar a los terneros, como si ellos les importasen. Que boludas... Después tuve que enderezar el alambrado con un poste porque algunas se habían pasado por ahí, como si no tuvieran otra cosa más interesante que hacer, y las volví de nuevo. Estuvimos revisando boyeros porque varios estaban enganchados y hacían perdidas. Menos mal que poquito a poco todo está empezando a moverse, y estamos vendiendo animales. Más plata para la sucesión, y menos animales por los cuales hacer la misma.