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sábado, 24 de octubre de 2009

Consiguiendo semillas.


Como esperaba, y sin embargo no me quedé, el empleado de Muña vino con el chango cargado de maíz a las nueve de la noche y lo dejó ahí para descargarlo el día siguiente.
Por suerte lo de conseguir semilla para los chanchos no es tan endiabladamente difícil como podría haber sido. Muña es alguien que vende semillas para lo que sea, y justo le sobraban unos changos de maíz no muy podrido y nos los dio a cambio de lechones, cuando tuviéramos. El que trae el maíz es un empleado jovencito que se llama Juan, moreno, que le calculo unos 25 años, quizás un poquito alcahuete del patrón pero parece buen tipo (seré más alzado que primer nieto pero me gusta). El asunto es que el jueves eché las vacas a la calle cortada de atrás del campo (bah, cortada no, pero nadie la usa), y vino él con el chango. Se lo ayudé a entrar al galpón, y me preguntó si tenía ganas de trabajar porque él tenía que ir al banco y no podía ensuciarse. No sé si eso habrá sido cierto, pero pensé que casi nos regalan el maíz, y aparte tenía que hacer tiempo mientras las vacas comían, así que me di a la tarea con entusiasmo. Juan me ayudó un poco, no mucho, pero no me quejé porque me daba charla y así se me pasó el tiempo de mejor forma. Me preguntó si tenía lechones, y yo le dije que sí, pero que darían ocho o nueve kilos limpios. Habló con un amigo suyo por teléfono que terminó encargándome un lechón para esa misma tarde, de ocho kilos. Me hizo tiros como que también le debería hacer un lechón a él porque me traía comida a la noche, y esas cosas, y yo en el mismo tono indirecto, le dije que a él le pagaban por hacerlo. Con este tipo de personas uno tiene que fijar los límites en los primeros días sino lo agarran para la joda. Después de que terminamos de descargar los 2500 kg de maíz él se fue, saludo mediante, y yo me fui a entrar las vacas, que ya habían estado comiendo en la calle como dos horas y media.