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sábado, 14 de agosto de 2010

Bukowski.

Acá les traigo los primeros dos capítulos de “Pulp”, ese libro genial de Charles Bukowsky. Es como una sátira de las películas clásicas del típico investigador privado al que lo contratan para averiguar asuntos turbios. Empieza bien pero termina desvariando feo, jajaja. Que lo disfruten. Saludos.

1

Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba empezando los trámites para desahuciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuando sonó el teléfono. Lo cogí.

–¿Sí? –dije.

–¿Ha leído usted a Céline? –preguntó una voz femenina. La voz era bastante sexy y yo llevaba mucho tiempo solo. Décadas.

–¿Céline? –dije–. Ummm...

–Quiero a Céline –dijo ella–. Tengo que conseguirlo.

Aquella voz tan sexy me estaba poniendo realmente cachondo.

–¿Céline? –dije–. Déme alguna información. Hábleme, señora, siga hablando...

–Súbase la cremallera –me contestó.

Miré hacia abajo.

–¿Cómo lo sabe? –le pregunté.

–Da igual. Lo que quiero es a Céline.

–Céline está muerto.

–No lo está. Quiero que le encuentre. Quiero tenerlo.

–Puedo encontrar sus huesos.

–No, estúpido, ¡está vivo!

–¿Dónde?

–En Hollywood. He oído que se ha pasado varias veces por la librería de Red Koldowsky.

–Entonces, ¿por qué no va a buscarle usted?

–Porque antes quiero saber si es el auténtico Céline. Tengo que estar segura, absolutamente segura.

–Pero ¿por qué ha recurrido a mí? Hay cientos de detectives en esta ciudad.

–John Barton le ha recomendado a usted.

–Ah, Barton, sí. Bueno, escuche, tendrá que darme algún adelanto y tendré que verla a usted en persona.

–Estaré ahí dentro de unos minutos –dijo.

Ella colgó, yo me subí la cremallera.

Y esperé.

2

Ella entró en mi oficina.

Bueno, o sea, aquello no era justo. El vestido le estaba tan apretado que casi le estallaban las costuras. Demasiados batidos de chocolate. Llevaba unos tacones tan altos que parecían zancos. Caminaba como un borracho contoneándose por la habitación. Un glorioso vértigo de carne.

–Siéntese, señora –le dije.

Se dejó caer y cruzó las piernas muy arriba, tan condenadamente cerca que se me salían los ojos de las órbitas.

–Encantado de verla, señora –le dije.

–Deje de hacerse el bobo, por favor. No tengo nada que no haya visto usted nunca.

–En eso se equivoca, señora. ¿Podría darme usted su nombre?

–Señora Muerte.

–¿Señora Muerte? ¿Es usted del circo? ¿Del cine?

–No.

–¿Lugar de nacimiento?

–Da lo mismo.

–¿Año de nacimiento?

–No se haga el gracioso.

–Sólo intentaba tener algunos antecedentes.

De alguna manera se me fue el santo al cielo. Empecé a mirarle fijamente las piernas. Siempre he sido un hombre de piernas. Fue lo primero que vi al nacer. Después intenté salir. Desde entonces he intentado la dirección contraria pero con bastante poco éxito.

Ella chasqueó los dedos:

–Eh, déjelo ya.

–¿Ehhh? –dije levantando la mirada.

–El asunto Céline. ¿Se acuerda?

–Sí, claro.

Desdoblé un clip y apunté hacia ella con el extremo.

–Necesitaré un cheque por servicios prestados.

–Por supuesto –dijo sonriendo–. ¿Cuál es su tarifa?

–6 dólares la hora.

Sacó su talonario de cheques, garabateó algo, arrancó el cheque del talonario y me lo lanzó. Aterrizó en mi escritorio. Lo cogí. 240 dólares. No había visto tanto dinero desde que acerté un pleno en Hollywood Park en 1988.

–Gracias, señora...

–...Muerte –dijo ella.

–Sí, sí –dije–. Ahora déme algunos detalles sobre ese tal Céline. ¿Dijo usted algo de una librería?

–Bueno, se ha pasado varias veces por la librería de Red, ha estado hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles Manson...

–Así que se pasa por la librería, ¿eh? Hmmm....

–Sí –contestó–. Ya conoce usted a Red. Le gusta echar a la gente de su librería. Te puedes gastar mil dólares, pero te quedas uno o dos minutos más y entonces Red te dice: “¿Por qué no te largas de una puñetera vez?” Red es un buen tipo, sólo que está un poco chiflado. Bueno, pues echa una y otra vez a Céline, y Céline cruza a Musso's y se queda dando vueltas por el bar con aire triste. Vuelve al día siguiente o al otro y vuelve a suceder lo mismo.

–Céline está muerto. Céline y Hemingway murieron con un día de diferencia. Hace 32 años.

–Lo de Hemingway lo sé. Conseguí a Hemingway.

–¿Seguro que era Hemingway?

–Oh, sí.

–Entonces, ¿cómo es que no está segura de que este Céline es el auténtico Céline?

–No lo sé. Tengo una especie de bloqueo en este asunto. No me había ocurrido nunca hasta ahora. Puede que lleve demasiado tiempo en este rollo. Así que por eso he venido. Barton dice que usted es bueno.

–¿Y usted piensa que el auténtico Céline está vivo y quiere conseguirlo?

–No sabe cuánto, jefe.

–Belane. Nick Belane.

–Muy bien, Belane. Quiero estar segura. Tiene que ser el auténtico Céline, no cualquier tonto del culo que se crea que lo es. Ésos abundan.

–Como si no lo supiera.

–Bueno, empiece con ello. Quiero conseguir al escritor más grande de Francia. He esperado mucho tiempo.

Después se levantó y salió. Nunca en mi vida había visto un culo como aquél. Más allá del concepto. Más allá de cualquier cosa. Ahora no me molestéis. Quiero pensar en aquel culo.


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