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viernes, 25 de marzo de 2011

Para MalAcero.


Hola, como andan? Volvemos a las andadas con los cuentitos, jaja. Tranquilos, que este se lo escribí especialmente a MalAcero, uno de mis seguidores, que tiene un blog que está muy bueno (elultimocazadordemonstruos.blogspot.com). Bueno, para ser sinceros, este relato ya lo había publicado en el 2008, cuando hacía el profesorado de geografía, pero lo remasterizé y le cambié el final. Para vos, MalAcero! Abrazo grande, te quiero (perdón si te suena incómodo, jajaja)

Trenque Apocalíptico.

Me había quedado solo en la escuela, a punto de salir de ella en bicicleta. El cielo estaba tormentoso, muy feo, con unas oscuras nubes dando vueltas como diablos y dragones. Trenque Lauquen se había convertido en una gigantesca cáscara vacía. Sus habitantes estarían ahora bajo tierra para sobrellevar mejor la noche del invierno nuclear. Yo era el afortunado, el que soportaba todo, y por eso todos me tenían en gran estima, porque sin mí nadie hubiera sido capaz de comunicarse, alimentarse o curarse. Yo llevaba todos los paquetes a donde sea que fuera, al abismo que anteriormente había sido el Parque, al hervidero de criaturas inhumanas en que se había convertido la Municipalidad, o al estacionamiento subterráneo donde estaban los jefes de la antigua resistencia contra los rusos. Los prejuicios sobre mi oscuro pasado habían quedado atrás, al haber de pronto temas más importantes de los que ocuparse, como por ejemplo, sacarle toda la basura atómica posible al agua antes de llevársela a la boca.

Las casas abandonadas me protegieron del viento, al menos las que estaban enteras, pero igual la arena negra se me metía por todas partes. No obstante, mi velocidad no bajaba, al igual que el frío. Si paraba, me moría. El humo sulfuroso brotaba de las grietas del asfalto, calcinando una y otra vez unos huesos desconocidos. No parecía que estaba pasando por lo que había sido una de las tantas ciudades del desaparecido país. Los autos todavía tenían rastros del verde producido por armas las armas químicas propias y enemigas. En las paredes habían sido pintadas cruces para alejar a los vampiros, precaución inútil, porque a pesar de ser sobrenaturales, no eran demoníacos. Me cuidé de los mortales puñetazos sólidos que el viento sabía pegar sin previo aviso sobre lo que se moviera, y poco a poco, fui abandonando la ciudad, que ese día no había temblado como siempre. Solo quedaba una sola ruta posible por donde podía irse lo más tranquilo que uno quisiera; el camino de Riorabergela, en los límites, que no quitaba que por ser más tranquilo fuera igual de peligroso. Una antigua catedral maldita señalaba el fin no oficial de Trenque Lauquen. Lo que había más allá de los antiguos arcos eran restos invadidos por la contaminada naturaleza, y por sus no menos bizarros componentes. Ratones amarillos andaban de aquí para allá en dos patas, pues sus otras cuatro no tocaban el suelo. Había enredaderas carnívoras que se aprovechaban del viento para disimular sus movimientos al acercarse a sus presas, y perros del tamaño de autos que no podían moverse a causa de su obesidad. Ninguno de ellos me molestó. Los restos carbonizados de cinco ciervos enloquecidos les daban la certeza de que no convenía acercárseme. Me moví entre ellos con impunidad, y me detuve en ocasiones a juntar hongos rojos, que no habían sido afectados por las radiaciones, que servían para preparar medicinas eficaces contra las nuevas enfermedades que iban apareciendo. Volví a ponerme de nuevo en carrera, esta vez en mitad de un bosque que protegía del viento pero no de él mismo. Me metí en un camino estrecho que era una zanja de medio metro de hondo con el espacio suficiente para la bicicleta. Con una mano tenía el manubrio y con la otra tiraba arena contra las ramas que se me acercaban con los ojos bien abiertos y las zarpas preparadas. Al recibir el impacto de la arena, retrocedían y se reacoplaban en los troncos de los que supuestamente formaban parte. Algunas llegaban a morderme, pero se morían. El veneno que tengo por sangre me defiende bastante bien, igual me dieron mareos, pero no podía parar por nada. Salí del bosque. De súbito, el viento paró, y por la fuerza con la que pedaleaba, salí disparado violentamente hacia delante, rodando con bicicleta y todo, lastimándome con las piedras afiladas puestas por la antigua resistencia. Caí en una antigua cascada que ahora solo escupía barro, pero me resbaló. Las ropas son viejas pero me protegieron bastante bien, aunque se pusieron pesadas, in maniobrables, y empezaron a largar un olor tremendo que atrajo a los tigres-zorros de Bengalka. Me esperaron a la orilla del río de barro, mostrándome los dientes rojizos y babeantes. No tenían ojos, pero se guiaban de forma admirable por las tensiones que uno dejaba en la tierra. Busqué la bicicleta, y vi que ya se caía por el gran salto de barro, así que para escapar de los tigres-zorros, no tuve más que caer con ella.
Creo que perdí el sentido en algún momento (cosa improbable), y vi que la marejada de barro me había tirado con bicicleta y todo a la orilla. Estábamos sujetos el uno a la otra, pero yo no recordaba haberme atado a ella. No importó. Estaba cerca de mi objetivo, una casa impecable, quizás porque una clase diferente de radiación mantenía alejada la tierra voladora y los mosquitos asesinos. Me puse en pie con esfuerzo, arrastrando mi bicicleta. Ahí estaba donde siempre había querido estar, pero nunca había podido porque las reglas lo impedían. Me habían llamado de ahí, requiriendo mi presencia. La radiación casi no me dejó entrar, pero me abrí paso como pude, para eso me había entrenado. Al fin estuve adentro. Estaba muy oscuro. El silbido del viento acompañó mis pasos al bajar por una escalera que encontré al tacto. Al apoyar mis pies en el suelo, automáticamente se prendieron las luces del gran sótano. Me vi como en un gran almacén de todo tipo de armas, conocidas, desconocidas, e improbables, pero que aquí veía realizadas. Al otro lado del lugar había un grupo de siete personas que me hacían señas para que me acercase porque me había unido a su equipo, y yo les obedecí. Ellos eran los Chosen, el equipo especializado en toda clase de peligros que se había conformado cuando, a consecuencia de las guerras y de investigaciones subterráneas que habían ido más lejos de lo conveniente, el Inframundo se había partido y se había volcado sobre la Tierra.

2 comentarios:

MalAcero dijo...

Diablos de Crom! tienes que disculparme Marcus porque me habia pasado de largo esta entrada, habia leido las dos anteriores pero esta ni me la habia imaginado justo debajo.
¡EN MI VIDA HABIA LEIDO TANTO BICHO MUTANTE POR METRO CUADRADO! has conseguido agobiarme lo cual no es poco con tan variado numero de creaciones postapocalipticas.
La verdad me ha resultado corto y muy denso, merece la pena darle un poquito mas de extension aunque puede ser el principio perfecto, el episodio piloto de un librito o dos. Si lees la historia de como empezo Stephen "el mago del terror" King la torre oscura sabras de que te hablo.
¡Y gracias por el guiño final, tio!!! cuando hable con mis colegas chosen ya se lo contare este fin de semana.
Espero por otro lado que se te pase el resfriado griposo pronto, es lo que tenemos los superheroes... siempre tenemos una kriptonita mas bien ridicula.
Disfruta el finde y no, bno me violenta que me digan que me quieren, hay cosas peores en la vida.
SEE Ya bro!

vajofrey dijo...

ha, I will experiment my thought, your post bring me some good ideas, it’s truly amazing, thanks.

clomid